PUERTO DE FRUTOS

Puerto de Frutos , Tigre, Buenos Aires, Argentina

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Un poco de historia

32 km separan a la ciudad de Tigre del Obelisco.

El proceso colonizador de estas tierras comienza con la segunda fundación de Buenos Aires por Don Juan de Garay. En un documento fechado el 24 de octubre de 1580, se deja constancia del reparto de tierras.
El nombre del partido proviene de una vieja historia de cazadores de yaguaretés (tigre americano) que vivían en la zona.
Con el paso del tiempo fueron poblándose estas comarcas por labradores que vivían con sus familias de los productos que ellos mismos cultivaban y cosechaban.

En 1611, el Cabildo pidió informes al administrador sobre labranza de tierra para el cultivo de trigo y éste le envía los nombres de quince agricultores residentes en la zona. De esta manera nació el “poblado” que de allí en adelante creció y se afianzó social y económicamente.
Su gran atractivo es el Puerto de Frutos.

Ingresar al Puerto de Frutos es instalarse en un mundo diferente, casi mágico.
El puerto de Frutos de Tigre, fue creado en 1938 por iniciativa de los vecinos y productores de Delta.

En 1983 se inauguraron los locales de la Feria Artesanal y día tras día, sigue creciendo debido al atractivo tan particular que posee.

El Puerto de Frutos, es una cita obligada para quien visita Tigre. Un recorrido por este mercado tan pintoresco, depara sus sorpresas. Nació como un mercado, donde los habitantes de las islas, vendían las frutas y las verduras que cosechaban en sus huertas.

En sus tiempos de esplendor, era un sitio de gran agitación, ya que, la producción fruti hortícola de las islas del Delta, abastecía a gran parte del gran Buenos Aires y sus alrededores.

El puerto tiene tres dársenas. Desde la primera, parten a diario excursiones por el Delta en catamaranes.
En la dársena central se concentran las lanchas-almacén que abastecen a los habitantes de las islas con los más variados productos.
En la última dársena se descargan los barcos fluviales madereros que llegan cargados de troncos de sauce y álamo provenientes de las islas forestales del Delta.
En el seno del puerto está el mercado al aire libre cuyas calles se visten de colores a través de los rústicos tejidos. Muebles, adornos y accesorios fabricados en caña y mimbre, deliciosos dulces y mieles caseras, flores brillantes y, por supuesto, toda la variedad de frutas locales conviven en absoluta armonía.

El Puerto de Frutos, alberga un centro comercial a cielo abierto, donde se encuentran a la venta gran variedad de productos hechos con materiales propios de la región como frutas, mimbre, caña y madera.

También permite contemplar barcas que transportan madera traída de las islas forestales, lanchas almacén que abastecen a quienes habitan en el Delta y otras tantas barcas típicas de la zona.

El tiempo pasó y lentamente el Puerto de Frutos fue dejando de ser un lugar en donde conseguir frutas y verduras frescas de las islas. Y se fue convirtiendo en un sitio casi netamente artesanal. Hoy son muy pocas las lanchas y botes que ofrecen frutas y verduras, como se solía hacer en un principio.

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TURISMO – LA CANDELARIA

LA CANDELARIA

UN CASTILLO NORMANDO EN LA PAMPA 

Castillo La Candelaria

Como en un sueño, sólo hay que viajar una hora en auto desde Buenos Aires para transportarse al vallo del Loire y a la Francia Imperial y descubrir allí La Candelaria, una exquisita estancia de estilo normando, enclavada en medio de la eternidad de los campos criollos, a 20 km de Lobos.

Desde la entrada, las copas de los árboles ocultan los caminos surcados de casuarinas. Cada tanto, una escultura, una glorieta o un delicado puente irrumpen en el verde increíble del parque diseñado por Carlos Thays. Atrás asoma un bosque donde se refugian liebres, hurones y zorros. Yen el centro, como, como una instantánea del pasado más esplendoroso, el castillo, construido a imagen y semejanza de los de los príncipes franceses. No es ilusión. La Candelaria está abierta al turismo y cualquier mortal puede pasar allí unos días de ensueño.

Ya en 1871, al tiempo que llegaba a Lobos el primer tren, el boticario Orestes Piñeiro y su esposa Candelaria del Mármol, realizaban continuas mejoras en su hacienda, bautizada La Candelaria en honor a la dama. Luego la hija adoptiva del matrimonio, Rebeca, se casó con Manuel Fraga, que transformó la estancia en la maravilla actual.

En efecto, hacia el 1900 Fraga se enamoró de un castillo que había visto en Francia y decidió importar desde los ladrillos hasta el arquitecto, Alberto Favre. En cinco años, La Candelaria se convirtió en un lugar difícil de olvidar y, además, en el centro de un pequeño imperio de 8 mil ha, dedicado a la cría de ovejas y vacas.

Un siglo después, la hacienda se conserva intacta, con el espíritu de los castillos del Loire (Francia) en las fachadas belle epoque, los incomparables jardines y las magníficas cúpulas revestidas de pizarra. Los interiores son impactantes, con una decoración y mobiliario a la altura de los mejores palacios europeos.

Quien ingresa, y acostumbra su vista al tenue claroscuro de los vitreaux, se encuentra de pronto en otro tiempo al trasponer el salón de entrada, con sus muebles orientales rodeando una chimenea de mármol de Carrara bajo una araña de cristal de Murano. Cerca está la biblioteca, de estilo gótico, y el comedor, con muebles renacentistas, una araña con 600 caireles de cristal de roca y un piso soñado, de un espléndido roble de Eslavonia. 

Las habitaciones

Hay 25 habitaciones: doce en el castillo, decoradas con muebles Luis XV y Luis XVI (una es la suite Real); ocho habitaciones en suite en las tradicionales casas coloniales, con un estar calefaccionado con chimenea a leña; dos cálidos bungalows en el bosque; uno en el molino holandés, con una habitación doble, living, cocina y baño; y dos habitaciones en la casa del Sol, con living con cocina a leña. Todo está lujosamente decorado con maderas trabajadas por ebanistas europeos, camas talladas o con baldaquino, arañas de cristal y gobelinos flamencos. Y todo es de una perfección sin límites, desde el menú hasta los más mullidos y suaves edredones. El turismo en la estancia suele ser de una noche o de fin de semana completo.

Además de soñar como un príncipe, el primer placer es abrir la ventana, porque el parque de 100 hectáreas diseñado por Thays es maravilloso, con más de 240 especies de árboles añosos, como araucarias, casuarinas, pinos, eucaliptos, paraísos, ombúes, nogales y plátanos, Se organizan caminatas por el parque y el bosque y también se puede pasear a caballo, en carro o en bicicleta de montaña. No hay que dejar de visitar la capilla, construida por doña Rebeca en 1937, de aire nórdico europeo rodeada de esculturas de inspiración romántica.

Para el veranoademás de tanto relax, dos piletas de natación. Hay también sala de juegoscanchas de fútbol, tenis y vóley, clínicas y partidos de polo y una cancha de golf de 18 hoyos, en el cercano Aero Club Lobos.

Para reponer energías, el costillar al asador “La Candelaria” es una experiencia irrepetible y ni hablar de las meriendas, con dulces, pastelitos, tortas y tartas, todo casero y delicioso. La atención (personalísima, de los dueños) es tan exquisita como los platos.

Los huéspedes no son los únicos afortunados. Durante los días de semana, en los salones del castillo se suelen realizar convenciones y reuniones empresariales vip. También se celebran bodas, un capítulo aparte a puro lujo, fantasía y romanticismo. Casi, casi, como un cuento de hadas.

Texto: Claudia Dubkin, especial para Clarin / 02.10.2005

Más información en:

 http://www.estanciacandelaria.com/

Condiciones climáticas en Lobos – Buenos Aires – Argentina

http://espanol.weather.com/weather/today-Lobos-ARBA7240?fromSearch=true

¿Cómo llegar?

Desde la Ciudad de Buenos Aires hasta La Candelaria, cerca de Lobos, son 116 km por Autopista a Cañuelas y ruta 205. En el km 114,5, girar a la derecha y seguir 2 km. La estancia cuenta con un servicio de combis desde y hacia la Capital, que se debe contratar con anticipación.